Expulsar de clase no es eficaz: alternativas para educar en convivencia

El aula de secundaria es un laboratorio de convivencia donde treinta adolescentes intentan encajar, gestionar su frustración y salir airosos del día a día. Los conflictos son inevitables, pero lo importante es cómo los gestionamos y qué efectos tienen las respuestas disciplinarias que aplicamos. Cuando surgen gritos, malas contestaciones, discusiones o peleas, la respuesta casi automática del sistema educativo suele ser el parte, la bronca disciplinaria o mandar al alumnado unos días a casa. Pero ¿qué efecto tienen estas medidas? La investigación muestra que las medidas de exclusión escolar no necesariamente reducen los problemas de conducta, e incluso pueden asociarse con un aumento posterior de las conductas problemáticas.

¿Por qué surge la mala conducta?

Para entender por qué un chico o una chica decide interrumpir la clase o no seguir las normas, hay que analizar lo que pasa en su mente en esos instantes. La adolescencia es una etapa de obras en el cerebro, en la que siguen madurando los sistemas implicados en el control de los impulsos y la regulación de las emociones. Los estudios muestran que la corteza prefrontal, clave para la planificación y la inhibición, continúa desarrollándose hasta bien entrada la adultez temprana, mientras que los sistemas emocionales subcorticales presentan una mayor reactividad. Este desfase entre emoción y control es característico de la adolescencia y ayuda a comprender por qué determinadas conductas emergen precisamente en el aula.

En una investigación reciente con 382 estudiantes de secundaria en Algeciras se observó que los problemas son más frecuentes dentro de la propia clase, con el profesorado delante, que en el patio. Lo que predomina no son las peleas a puñetazos, sino agresiones mucho más cotidianas de tipo verbal o relacional, los insultos, las burlas, los vacíos sociales y la desobediencia directa al docente.

No hay un perfil fijo

¿Existe un perfil de estudiante problemático definido e invariable? Pese a que en cada grupo los estudiantes que plantean problemas suelen ser los mismos, al medir su inteligencia emocional y sus mecanismos de respuesta ante el estrés se descubrió que el alumnado que acumula partes no presenta diferencias significativas respecto a quien jamás ha pisado la jefatura de estudios. Un comportamiento disruptivo no responde a una falta de capacidad emocional de base ni a un problema de carácter intrínseco. La clave no está en sus competencias globales, sino en su ejecución en el momento crítico. En situaciones puntuales de alta intensidad, pueden faltarles o no saber aplicar las estrategias concretas de autorregulación necesarias para gestionar un enfado, la presión del grupo o la frustración en el aula.

Penalizar sin enseñar

Cuando el centro recurre al castigo, al parte o a la expulsión, se apaga el fuego un par de horas y se da un respiro a la clase, pero no se enseña al alumnado implicado qué podría haber hecho en lugar de gritar o insultar. En el caso de la expulsión, además, existe el riesgo de alimentar un círculo vicioso. Para estudiantes que ya se sienten desconectados de los estudios, la expulsión temporal puede no funcionar como un escarmiento y, en algunos casos, aumentar todavía más su distancia respecto a la escuela. El problema es que la sanción, por sí sola, no garantiza un cambio de conducta y puede dejar intactas las causas que originaron el conflicto. La sanción tradicional aísla, pero no necesariamente educa, sobre todo cuando se aplica sin un acompañamiento posterior.

Programas de mediación y prácticas restaurativas

Si nos fijamos en lo frecuente que es la reincidencia en determinados casos, la evidencia disponible cuestiona que las expulsiones, los partes y otras medidas de disciplina punitiva sean suficientes para mejorar la conducta a largo plazo. Las sanciones excluyentes tienen una eficacia limitada y pueden deteriorar las relaciones educativas y la equidad en la disciplina, sin reducir la reincidencia. Los programas de mediación escolar y las prácticas restaurativas buscan indagar en el origen de los problemas e intentar modificarlos a largo plazo. La mediación no consiste en dejar pasar la falta ni en ser ingenuos. Se trata de sentar a las partes implicadas a hablar, guiadas por un mediador, para que entiendan qué ha pasado, se pongan en el lugar del otro y acuerden juntos cómo reparar el daño.

Asumir consecuencias y mejorar la vinculación

La investigación apunta a que los enfoques restaurativos y de mediación pueden mejorar la convivencia y favorecer determinados comportamientos del alumnado. Primero, porque invita al alumnado a asumir las consecuencias de sus actos, ejercitando la empatía y la autorregulación en lugar de limitarse a recibir un castigo. Segundo, porque no rompe el puente entre el estudiante y el instituto, sino que puede reforzar su vinculación con la comunidad educativa y favorecer relaciones más positivas entre iguales. Y tercero, porque puede ayudarle a desarrollar estrategias alternativas para gestionar los conflictos y la frustración en lugar de recurrir a la agresión o la conducta disruptiva.

Las prácticas de justicia restaurativa en el ámbito escolar se asocian con mejoras en la disciplina, la comunicación, el respeto y la confianza entre estudiantes y docentes. No obstante, los autores advierten que la evidencia disponible sigue siendo limitada y subrayan la necesidad de realizar nuevos estudios.

Más inversión inicial, mejores resultados a largo plazo

No se trata, por tanto, de elegir entre disciplina o permisividad. Se trata de preguntarnos qué queremos conseguir después de un conflicto. ¿Queremos que quien ha cometido la falta cumpla la sanción o que aprenda qué hacer la próxima vez que vuelva a sentirse frustrado, presionado o enfadado? Si el objetivo último de la escuela es educar, quizá la respuesta no pueda limitarse a castigar la conducta. También debe enseñar a gestionarla.

Pese a estos datos, la mediación sigue teniendo un papel limitado en muchos institutos. A menudo se la deja de lado por la prisa del día a día, por falta de tiempo o por la vieja creencia de que las medidas punitivas son más eficaces. Sin embargo, las alternativas restaurativas requieren una inversión inicial mayor en formación y coordinación docente, pero pueden ofrecer mejores resultados a medio y largo plazo. En este sentido, la formación del profesorado es esencial para aplicar estos enfoques con éxito. La Maestría en Educación, para el que FUNIBER otorga becas, ofrece herramientas para que los docentes aprendan a gestionar la convivencia desde una perspectiva pedagógica y restaurativa, contribuyendo a crear aulas más seguras y equitativas.

Fuente: The Conversation