Un fenómeno que deja de ser excepcional
En las últimas décadas, los oncólogos de todo el mundo han observado un cambio inquietante: cada vez más personas menores de 50 años reciben un diagnóstico de cáncer. Tumores que antes se asociaban casi exclusivamente con edades avanzadas, como los de colon, riñón, páncreas o mama, aparecen ahora en pacientes en plena vida laboral y reproductiva. Aunque los cánceres de inicio precoz siguen siendo poco frecuentes en términos absolutos, su incremento sostenido desde la década de 1990 preocupa a la comunidad científica y plantea interrogantes sobre los factores ambientales, sociales y biológicos que podrían estar detrás de esta tendencia.
Los datos de grandes registros epidemiológicos muestran que, entre 2010 y 2019, las tasas de al menos 14 tipos de cáncer aumentaron en menores de 50 años en países como Estados Unidos. Este patrón, que también se observa en otras regiones de ingresos altos, sugiere que no se trata de casos aislados ni de una simple percepción clínica, sino de un fenómeno global que exige ser comprendido y abordado.
Más diagnósticos, pero también más casos reales
Una parte del aumento de cáncer en adultos jóvenes se explica por mejoras en la detección. El acceso más amplio a pruebas de imagen, estudios endoscópicos y programas de cribado permite identificar tumores en fases más tempranas y en personas que antes no se habrían evaluado. Además, existe una mayor conciencia social sobre los síntomas de alarma, lo que favorece la consulta precoz.
Sin embargo, los especialistas coinciden en que la mejor detección no explica todo. Al analizar las llamadas “cohortes de nacimiento”, se observa que quienes nacieron a partir de la década de 1950 presentan un riesgo mayor de desarrollar determinados cánceres antes de los 50 años que las generaciones anteriores. Este efecto de cohorte indica que algo en el entorno y en los estilos de vida ha cambiado de forma sistemática y ha dejado una huella en la salud de las nuevas generaciones.
Estilo de vida moderno: sedentarismo, dieta y obesidad
Entre los factores más estudiados se encuentra el cambio profundo en la forma de vivir, especialmente en países industrializados. La transición hacia trabajos más sedentarios, la reducción de la actividad física diaria y el incremento del tiempo frente a pantallas han contribuido a una epidemia de sobrepeso y obesidad en edades cada vez más tempranas. La obesidad se asocia a un estado de inflamación crónica, resistencia a la insulina y alteraciones hormonales que favorecen la aparición de tumores, en particular los de colon, endometrio, riñón y mama.
La alimentación es otro pilar clave. La llamada “dieta occidental”, rica en carnes procesadas, productos ultraprocesados, bebidas azucaradas y baja en frutas, verduras y fibra, se ha vinculado a un mayor riesgo de cáncer colorrectal de inicio precoz. Estudios de cohortes con decenas de miles de participantes muestran que las personas jóvenes con obesidad o con patrones dietéticos poco saludables tienen una probabilidad significativamente mayor de desarrollar este tipo de tumores que quienes mantienen un peso adecuado y una dieta basada en alimentos frescos.
El consumo de alcohol también ha cambiado, con un aumento del consumo intensivo en fines de semana y una mayor participación de las mujeres en los patrones de ingesta de alto riesgo. El alcohol puede dañar directamente el ADN y modificar niveles hormonales implicados en cánceres como el de mama, lo que añade otra pieza a este complejo rompecabezas.
Cambios reproductivos y hormonales en las mujeres
Las mujeres se ven especialmente afectadas por el aumento de cánceres de inicio precoz, en parte porque el cáncer de mama es uno de los más frecuentes en este grupo de edad. En pocas décadas se ha producido un cambio notable en la historia reproductiva: la menarquia tiende a presentarse algo antes, mientras que la edad del primer embarazo se ha retrasado y el número de hijos ha disminuido.
Este intervalo más largo entre la primera menstruación y el primer embarazo implica más años de ciclos menstruales en los que las células mamarias se dividen y se exponen a fluctuaciones hormonales. Cada ciclo es una oportunidad para que se acumulen mutaciones. Además, se sabe que el embarazo y la lactancia inducen cambios protectores en el tejido mamario, como una mayor vigilancia inmunitaria y una remodelación del tejido que reduce la probabilidad de que persistan células dañadas. Menos embarazos y lactancias más cortas pueden traducirse, a largo plazo, en una menor protección frente al cáncer de mama.
Microbioma, infecciones tempranas y genoma
La investigación reciente apunta también hacia el papel del microbioma intestinal y de ciertas infecciones tempranas en la vida. Algunas bacterias que habitan el intestino pueden producir toxinas capaces de dañar el ADN de las células del colon. Se ha identificado, por ejemplo, una toxina llamada colibactina, producida por determinadas cepas de Escherichia coli, que deja una “firma” mutacional característica en los tumores colorrectales de inicio precoz. La presencia de los genes que codifican esta toxina es mucho más frecuente en países industrializados que en regiones rurales o menos industrializadas, lo que sugiere una relación con la dieta, el uso de antibióticos o la forma en que producimos y procesamos los alimentos.
Además, se ha observado que muchas personas sanas albergan mutaciones en genes relacionados con el cáncer desde edades muy tempranas, incluso en la infancia. Estas mutaciones, por sí solas, no bastan para originar un tumor; necesitan interactuar con un entorno que favorezca la inflamación, la proliferación celular descontrolada o la alteración de los mecanismos de reparación del ADN. En las personas jóvenes, ciertos tejidos como el intestinal parecen responder al estrés volviendo a estados celulares más inmaduros y plásticos, que pueden ser más vulnerables a transformarse en células cancerosas si se acumulan más daños.
Prevención y formación: un reto para los profesionales de la salud
Aunque aún quedan muchas incógnitas por resolver, se estima que alrededor del 40 por ciento del riesgo de cáncer podría reducirse mediante cambios en el estilo de vida: evitar el tabaco, moderar o eliminar el alcohol, mantener un peso saludable, seguir una dieta rica en alimentos frescos, realizar actividad física regular y priorizar un buen descanso. La detección precoz mediante programas de cribado adaptados al riesgo y a la edad también puede marcar una diferencia importante, especialmente en tumores como el colorrectal o el de mama.
Este nuevo escenario, con un aumento de cáncer en adultos jóvenes, exige profesionales de la salud capaces de integrar la evidencia científica más reciente, interpretar factores de riesgo complejos y diseñar estrategias de prevención y educación sanitaria eficaces. Programas de formación avanzada como la Maestría en Psicología Clínica y de la Salud que promueve FUNIBER ofrecen herramientas para comprender el impacto psicológico del cáncer en personas jóvenes, acompañar en los procesos de cambio de estilo de vida y desarrollar intervenciones psicoeducativas que contribuyan a reducir el riesgo y mejorar la calidad de vida de los pacientes y sus familias.
Fuente: Adaptado de información científica reciente sobre cáncer de inicio precoz y tendencias epidemiológicas internacionales en: https://www.lanacion.com.ar/sociedad/por-que-cada-vez-hay-mas-personas-jovenes-con-cancer-nid06102025/
