Un problema que también afecta a adolescentes
La violencia de género no es solo una realidad entre adultos. Cada vez se visibilizan más casos de agresiones sexistas, control digital, insultos y humillaciones dentro de las relaciones afectivas entre adolescentes. Aunque los datos concretos pueden variar según país y fuente, organismos internacionales como la ONU Mujeres y la OMS coinciden en señalar que la violencia contra las mujeres comienza muchas veces a edades tempranas y se sostiene sobre creencias y estereotipos aprendidos. Esta constatación ha llevado a las autoridades educativas y a organizaciones especializadas a subrayar el papel central que tienen los centros escolares como entornos privilegiados para prevenir estas conductas antes de que se consoliden.
La escuela como espacio seguro y de referencia
La escuela es uno de los primeros espacios sociales en los que niños y jóvenes construyen su identidad, aprenden a relacionarse y ponen a prueba sus ideas sobre el mundo. Por eso se la reconoce como un escenario clave para trabajar la igualdad de género y la resolución pacífica de conflictos. Más allá de transmitir contenidos, el centro educativo ofrece un contexto cotidiano donde el alumnado observa modelos de relación, normas de convivencia y formas de ejercer la autoridad. Si estos elementos se orientan hacia el respeto, la cooperación y la corresponsabilidad, se convierte en un verdadero espacio seguro frente a la violencia. En cambio, si se toleran comentarios sexistas, bromas humillantes o se minimizan las agresiones simbólicas, se refuerza la idea de que estas conductas son normales o inevitables.
Coeducación y desmontaje de estereotipos
La prevención de la violencia de género pasa necesariamente por la coeducación, entendida como una educación que cuestiona los roles tradicionales asignados a hombres y mujeres y promueve relaciones más igualitarias. Trabajar de manera explícita los estereotipos de género, el mito del amor romántico basado en la posesión o los celos, y la idea de masculinidad ligada al dominio resulta esencial en la adolescencia, cuando se empiezan a construir las primeras relaciones de pareja. Esta labor no se limita a asignaturas concretas; requiere una revisión crítica de libros de texto, materiales audiovisuales, ejemplos en clase y mensajes implícitos. Recursos y experiencias recogidos por medios especializados en educación, como Educación 3.0, muestran que el trabajo continuado, transversal y adaptado a cada etapa educativa es más eficaz que acciones puntuales sin seguimiento.
El papel del profesorado y la formación específica
El profesorado se encuentra en primera línea a la hora de detectar señales de alerta, como cambios bruscos de conducta, aislamiento, control excesivo de la pareja a través del móvil o comentarios que justifican la violencia. Sin embargo, identificar y abordar estas situaciones no siempre es sencillo. Docentes y equipos directivos necesitan formación específica en igualdad de género, detección temprana de violencia y protocolos de actuación. También es importante que cuenten con apoyo institucional y coordinaciones claras con servicios sociales, sanitarios y de protección de menores. La investigación en el ámbito educativo señala que cuando el profesorado se siente preparado, aumenta la probabilidad de intervenir a tiempo y de ofrecer acompañamiento adecuado tanto a víctimas como a agresores, fomentando procesos de reparación y aprendizaje que eviten la cronificación de la violencia.
Involucrar a las familias y a la comunidad
La prevención no puede recaer únicamente sobre los centros escolares. Las familias desempeñan un papel decisivo como primeras educadoras en igualdad y respeto. Los mensajes contradictorios entre lo que se trabaja en el aula y lo que se ve en casa o en otros entornos pueden debilitar los avances logrados. Por ello, cada vez se insiste más en la necesidad de implicar a madres, padres y tutores en talleres, escuelas de familias y espacios de diálogo donde se aborden las nuevas formas de violencia, especialmente la ejercida a través de redes sociales y dispositivos digitales. A esto se suma la importancia de construir alianzas con entidades locales, asociaciones y recursos especializados en violencia de género para tejer una red de apoyo que trascienda los muros de la escuela y garantice una respuesta coordinada ante cualquier situación de riesgo.
Hacia una cultura escolar libre de violencia
Transformar la cultura escolar es un proceso continuo que exige revisar normas de convivencia, protocolos de acoso, lenguaje institucional y espacios físicos. Iniciativas como campañas de sensibilización, proyectos de aprendizaje-servicio sobre igualdad, tutorías entre iguales y planes de convivencia con perspectiva de género contribuyen a construir centros donde las conductas violentas no tengan cabida ni justificación. En este sentido, la formación superior de profesionales capaces de diseñar, implementar y evaluar programas preventivos resulta estratégica. Programas académicos como la Maestría en Psicología Clínica y de la Salud, para el que FUNIBER tiene becas, ofrecen herramientas científicas y prácticas para comprender los factores individuales y contextuales asociados a la violencia, intervenir con población infantojuvenil y colaborar con equipos educativos en la construcción de entornos escolares más seguros e igualitarios.
Fuente: elaboración propia a partir de información de Educación 3.0, ONU Mujeres y OMS.
