Por qué los adolescentes necesitan equivocarse más que los adultos

El cerebro adolescente y el arte de tomar decisiones

Las personas adultas tomamos, según estimaciones recientes, unas 35.000 decisiones al día, entre elecciones conscientes como qué comer o cómo resolver un problema laboral, y decisiones automáticas como caminar o girar la cabeza. En la adolescencia, este volumen es claramente menor y se sitúa entre 6.000 y 10.000 decisiones diarias, dependiendo del entorno familiar, escolar y social en el que se desenvuelve cada joven. Aun así, en ambas etapas nos equivocamos con frecuencia, y esas equivocaciones no se distribuyen por igual a lo largo de la vida.

Un estudio publicado en la revista Plos Biology, liderado por el psiquiatra especializado en infancia y adolescencia Lorenz Deserno, ha analizado por qué los adolescentes aciertan menos que las personas adultas al tomar decisiones, incluso cuando disponen de la misma información. Lejos de interpretar este hecho como un simple déficit, los resultados invitan a reconsiderar la adolescencia como una etapa clave del desarrollo humano y de la evolución de nuestra especie. Equivocarse, en este contexto, no es un fallo moral ni una falta de voluntad, sino una característica funcional de un cerebro en plena transformación.

Más errores, más aprendizaje

Con la edad acumulamos experiencias que el cerebro utiliza como base para decidir con más eficiencia. Por eso, en general, las personas adultas solemos tomar decisiones más acertadas que los adolescentes. Este planteamiento parece evidente, pero el estudio de Deserno y su equipo va un paso más allá y muestra que la diferencia no se explica solo por la experiencia previa.

En la investigación participaron 93 personas de entre 12 y 42 años, que realizaron tres tipos de pruebas diseñadas para evaluar cómo usan la experiencia acumulada al tomar decisiones. Cada participante debía escoger entre distintas opciones a partir de una información inicial, y recibía después una indicación sobre si su elección había sido correcta o no. En algunos casos, el feedback era incompleto o incluso erróneo, para simular mejor la complejidad e incertidumbre de las situaciones reales de la vida cotidiana.

Los resultados mostraron que las personas adultas acertaban más que las adolescentes y que esa diferencia se mantenía e incluso se ampliaba a medida que avanzaban las pruebas, aunque ambos grupos contaran con la misma información y retroalimentación. Los autores describen este fenómeno como un “ruido en las decisiones”: una especie de desacoplamiento entre lo que se ha aprendido y la elección final de la acción, que en la adolescencia conduce con más frecuencia a decisiones menos óptimas.

El valor evolutivo de equivocarse

Este “ruido” en la adolescencia podría interpretarse como un simple problema de eficiencia cognitiva, pero el análisis del estudio apunta a otra lectura más profunda. Precisamente porque el cerebro adolescente no ajusta de forma tan rígida sus acciones a la experiencia acumulada, abre espacio para explorar alternativas nuevas. Este comportamiento, que en el día a día puede traducirse en errores, comporta ventajas evolutivas para el conjunto de la humanidad.

En entornos cambiantes, la exploración de respuestas distintas favorece la adaptación de la especie. La adolescencia se convierte así en una ventana crucial para probar modos de actuar diferentes, sobre los que puede operar la selección natural. No todas esas nuevas estrategias serán mejores, pero sin esa fase de ensayo y error sistemático sería difícil que surgieran comportamientos innovadores capaces de responder a contextos inéditos.

En este marco, el estudio también destaca la relevancia de las neurodivergencias. Las personas con trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), por ejemplo, suelen mostrar un “ruido en las decisiones” aún mayor que las personas neurotípicas. Esto puede implicar dificultades significativas en el ámbito escolar o social, pero también puede representar una ventaja selectiva en épocas de cambios naturales o sociales rápidos, como los que vivimos actualmente.

Neurodivergencia, educación y bien común

Las implicaciones educativas de estos hallazgos son profundas. Por un lado, subrayan la necesidad de comprender que el cerebro adolescente está en plena reorganización y que no siempre puede responder con el nivel de madurez o autocontrol que las personas adultas suelen exigir. Equivocarse en esta etapa no es un fracaso, sino una parte esencial del aprendizaje y de la construcción de recursos para la vida adulta. El ensayo y error forma parte del propio diseño del desarrollo cerebral adolescente.

Por otro lado, el estudio invita a revisar la mirada sobre las neurodivergencias. Más allá del respeto y los apoyos que requieren las personas con TDAH y otras condiciones, es importante reconocer su contribución potencial al conjunto de la sociedad como fuente de comportamientos novedosos. En lugar de centrarse solo en corregir o normalizar, los entornos educativos y familiares pueden favorecer que esta diversidad cognitiva se exprese de manera constructiva, integrando su creatividad y su flexibilidad en la vida colectiva.

En este sentido, el acompañamiento informado es clave. Libros de divulgación como “El cerebro del adolescente”, citados en el comentario original del texto de David Bueno, pueden ayudar a familias y profesionales a comprender mejor esta etapa y a abandonar lecturas moralistas de la conducta juvenil. Para quienes deseen profundizar de forma rigurosa en el desarrollo, el aprendizaje y las necesidades específicas del alumnado adolescente, programas como la Maestría en Educación, para el que ofrece becas FUNIBER, proporcionan herramientas científicas y pedagógicas actualizadas para diseñar entornos educativos que integren el error, la exploración y la diversidad como elementos centrales del proceso formativo.

Fuente del texto: Adaptación propia a partir de “¿Por qué es importante que los adolescentes se equivoquen más que los adultos?” (NEUROEDU, Universidad de Barcelona) y comentario asociado.