Cómo los olores de la grasa en el embarazo pueden programar la obesidad futura

De la “barriga” materna al cerebro del hijo: más que calorías

La evidencia científica lleva años mostrando que la obesidad materna y las dietas ricas en grasa durante el embarazo y la lactancia aumentan el riesgo de obesidad, resistencia a la insulina y síndrome metabólico en la descendencia. Tradicionalmente se ha atribuido este efecto al exceso de calorías, a la hiperlipidemia y a las alteraciones hormonales de la madre.

Sin embargo, investigaciones recientes en modelos animales apuntan a un factor adicional, inesperado y poco considerado: las señales sensoriales de los alimentos, en particular los olores asociados a la grasa. Es decir, el “aroma” de una dieta rica en grasa durante la gestación y lactancia podría contribuir, por sí mismo, a programar el metabolismo del futuro adulto, incluso cuando la madre no tiene obesidad ni alteraciones metabólicas visibles.

Olores de la dieta materna: una vía directa al feto y al recién nacido

Los alimentos no son solo un conjunto de macronutrientes; también son una compleja mezcla de moléculas volátiles que conforman su perfil aromático. Diversos estudios han demostrado que estos compuestos atraviesan la barrera placentaria y se incorporan al líquido amniótico y a la leche materna, creando un “paisaje olfativo” al que el feto y el recién nacido están expuestos de forma continua.

En modelos murinos se ha comprobado que, cuando a las madres se les proporciona una dieta estándar pero aromatizada con olores típicos de una dieta rica en grasa (por ejemplo, bacon), el perfil de compuestos volátiles del líquido amniótico y de la leche cambia notablemente. Esta modificación no se acompaña de variaciones significativas en el peso de la madre, su composición corporal, la glucemia, la insulina o los perfiles lipídicos sanguíneos y lácteos, lo que permite aislar el efecto sensorial de la grasa, separado de los efectos puramente calóricos.

Programación sensorial: circuitos dopaminérgicos y neuronas del hambre

Lo más llamativo es que la sola exposición temprana a estos olores de grasa tiene consecuencias duraderas en el cerebro de la descendencia. En la edad adulta, animales expuestos en desarrollo a estos aromas muestran:

  • Mayor actividad en regiones de recompensa dopaminérgica, como el área tegmental ventral y el núcleo accumbens, cuando se les presenta el olor de una dieta rica en grasa a la que nunca habían tenido acceso.
  • Una preferencia inicial marcada por los alimentos ricos en grasa frente a dietas menos palatables, aun cuando la ingesta calórica total no aumente en el largo plazo.
  • Alteraciones en la respuesta de neuronas AgRP del hipotálamo (neurona “del hambre”), que en animales delgados suelen inhibirse de manera proporcional al contenido calórico del alimento. Tras la exposición temprana a olores de grasa, estas neuronas se muestran “desensibilizadas” frente a la grasa dietética, adoptando un patrón similar al que se observa en la obesidad inducida por dieta.

Este reconfiguramiento simultáneo de circuitos de recompensa y de control homeostático sugiere que el aprendizaje sensorial precoz —lo que huele a grasa y se asocia a calorías— deja una huella funcional estable que condiciona cómo el cerebro responderá años después a los mismos estímulos.

Metabolismo menos flexible: más grasa corporal sin comer más

Un aspecto clave de estos trabajos es que los animales expuestos durante el desarrollo a olores de grasa no necesariamente comen más cuando se les ofrece una dieta hipercalórica en la edad adulta. Sin embargo, sí ganan más peso, acumulan más tejido adiposo y muestran peor sensibilidad a la insulina que los controles expuestos solo a una dieta estándar sin aromatizar.

Las mediciones de gasto energético aportan una explicación plausible. En condiciones normales, el paso de una dieta estándar a una dieta rica en grasa suele ir acompañado de un aumento compensatorio del gasto energético y de la termogénesis en el tejido adiposo pardo. En los animales “programados sensorialmente”, este ajuste se ve reducido: el gasto energético disminuye y la activación termogénica es menor, lo que favorece la acumulación de grasa sin necesidad de incrementar la ingesta.

En otras palabras, el sistema pierde flexibilidad metabólica para adaptarse a un entorno alimentario hipercalórico, un rasgo fuertemente asociado al riesgo de obesidad y síndrome metabólico.

Una sola molécula de olor puede marcar la diferencia

Los perfiles de compuestos volátiles de dietas ricas en grasa y de sus versiones aromatizadas muestran la presencia de decenas de moléculas, entre ellas alcoholes, aldehídos y cetonas específicas. Algunas, como la acetofenona, pueden llegar a ser componentes muy abundantes del aroma y también están presentes (o sus derivados) en el líquido amniótico y en la leche cuando la madre consume esos alimentos.

Experimentos adicionales han mostrado que basta aromatizar una dieta estándar materna con una sola de estas moléculas para que, si más tarde la descendencia consume una dieta rica en grasa que contiene el mismo compuesto, las hembras desarrollen mayor ganancia de peso y adiposidad que los controles. Este efecto, además, parece depender del acoplamiento entre estímulo sensorial y aporte calórico: la mera exposición pasiva al olor, sin ingesta asociada, no reproduce el mismo impacto metabólico.

Implicaciones para el embarazo humano y la salud pública

Aunque estos resultados proceden de modelos animales y no se pueden extrapolar directamente al ser humano, encajan con lo ya conocido sobre aprendizaje gustativo y olfativo prenatal: los bebés muestran preferencias por sabores y olores presentes en la dieta materna durante el embarazo y la lactancia, lo que influye en sus elecciones alimentarias posteriores.

La novedad es que, además de moldear las preferencias, las señales sensoriales relacionadas con la grasa podrían contribuir a programar la respuesta metabólica futura a las dietas hipercalóricas. En un contexto de amplia disponibilidad de alimentos ultraprocesados y de uso intensivo de aromatizantes y saborizantes, estos hallazgos abren interrogantes relevantes sobre el diseño de recomendaciones dietéticas para embarazadas y lactantes, y sobre la regulación del uso de determinados compuestos aromáticos en la industria alimentaria.

Profundizar en estas conexiones entre neurociencia, nutrición y salud pública requiere profesionales capaces de interpretar evidencia compleja, integrar datos experimentales y trasladarlos a intervenciones seguras y eficaces. En este sentido, programas como la Maestría en Nutrición y Biotecnología Alimentaria, para el que promueve becas FUNIBER, ofrecen una formación avanzada para analizar críticamente este tipo de estudios y aplicarlos al desarrollo de alimentos más saludables y a la elaboración de guías nutricionales basadas en la mejor evidencia disponible.

Fuente: Adaptado de Casanueva Reimon, L. et al. (2025). Fat sensory cues in early life program central response to food and obesity. Nature Metabolism, 7, 2451–2473. Licencia CC BY 4.0.